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Cargar no es lo mismo que hacerse cargo

Muchas personas llegan a consulta con una sensación difícil de nombrar. No siempre es tristeza, ni ansiedad clara. A veces es algo más silencioso: un peso constante.

Un peso que se parece a la culpa.

Culpa por no haber hecho más.
Culpa por haber dicho algo.
Culpa por no haber sabido.
Culpa por sentir lo que sienten.

Pero la culpa y la responsabilidad no son lo mismo.

La culpa suele mirar hacia atrás con dureza. Se instala como un juicio permanente. No busca comprender, busca castigar. Y cuando se prolonga en el tiempo, acaba convirtiéndose en una forma de maltrato interno.

La responsabilidad, en cambio, tiene otra textura. No niega lo ocurrido ni lo justifica, pero tampoco se ensaña. Permite reconocer lo que sí dependía de nosotros y lo que no. Permite aprender sin destruirse.

Cargar es quedarse atrapado en el reproche.
Hacerse cargo es asumir con conciencia.

Cargar implica llevar sobre los hombros algo que muchas veces no nos corresponde del todo. Es repetir mentalmente lo que debería haber sido distinto, como si el pasado pudiera modificarse a fuerza de insistencia.

Hacerse cargo es distinto. Es preguntarse: ¿qué puedo hacer ahora con lo que pasó? ¿Qué necesito reparar? ¿Qué necesito aceptar? ¿Qué necesito soltar?

La culpa paraliza.
La responsabilidad transforma.

En terapia, muchas veces el trabajo no consiste en “quitar” la culpa, sino en comprender de dónde nace. A veces viene de exigencias aprendidas. Otras veces de heridas antiguas. O de la creencia de que debíamos haber podido con todo.

Pero nadie puede con todo.

Aprender a diferenciar entre cargar y hacerse cargo es un gesto de madurez emocional. Implica dejar de castigarse para empezar a cuidarse. Implica aceptar que somos humanos, limitados y en proceso.

Y eso, lejos de debilitarnos, nos hace más libres.

 

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