A ti, que habitas un cuerpo que a veces tiembla antes de que ocurra nada.
A ti, que sientes cómo el aire se vuelve pequeño en el pecho y el mundo demasiado grande al mismo tiempo.
La ansiedad es un viento invisible. No se ve, pero mueve todo. Sacude pensamientos, acelera el pulso, dibuja catástrofes donde solo hay incertidumbre. Y tú, en medio, intentando sostenerlo todo como si nada pasara.
Te han dicho que te calmes. Que no es para tanto. Que todo está en tu cabeza.
Pero lo que sientes no es imaginario. Es real. Tan real como el latido que se acelera cuando el miedo aparece sin pedir permiso.
Tu cuerpo aprendió a vigilar. Aprendió a anticipar tormentas incluso cuando el cielo está despejado. Aprendió a protegerte, aunque ahora esa protección se sienta como una cárcel.
Y aun así sigues.
Sigues levantándote cada mañana con ese murmullo constante bajo la piel. Sigues intentando explicar lo inexplicable. Sigues buscando una manera de descansar dentro de ti.
Eso no es debilidad. Es una forma silenciosa de valentía.
La ansiedad no es un enemigo que debas destruir. Es una parte de ti que aprendió a sobrevivir. Y lo que aprendió puede desaprenderse, suavizarse, transformarse.
No necesitas convertirte en alguien sin miedo.
Necesitas aprender a caminar junto a él sin que dirija tus pasos.
Poco a poco.
Respiración a respiración.
Si hoy te reconoces en estas líneas, quiero decirte algo en voz baja: no estás roto. No estás exagerando. No estás solo.
Hay caminos que se recorren más despacio.
Y aun así, conducen a la calma.